¡VIVE LA PASCUA!


¡El Señor ha resucitado! ¡Aleluya!

Los cristianos celebramos la fiesta más trascendente del año: el «paso» de Jesús de la muerte a la vida. Celebramos el misterio esencial de nuestra fe. Celebramos el triunfo de nuestro Salvador sobre la muerte y el pecado.

En este tiempo, el Señor resucita en cada uno de los enfermos que, sin la compañía de sus seres queridos, luchan por superar la enfermedad. En el personal sanitario, que con su entrega arriesga su vida por salvar la de otros, y que trasladan a los enfermos el calor de sus familias durante su convalecencia.

El Señor resucita en cada casa donde habita la soledad; en las residencias de ancianos; y también en las cárceles. En los que permanecen en albergues y centros de acogida. En las familias que pierden sus ingresos en estas circunstancias dramáticas.

El Señor resucita en los que ahora trabajan con dedicación y afán; en los voluntarios; en los que ofrecen su hombro; en los que dan lo que tienen, en los que pacientemente permanecen en su casa.

El Señor resucita en los capellanes, en los sacerdotes, en los consagrados.

El Señor resucita allí donde tan reconfortantes son las palabras de aliento y tan necesario el consuelo; donde una voz cálida y cercana abriga de calor humano el aislamiento de enfermos y la soledad de quienes ya partieron. El abrazo fraterno de Cristo resucitado alcanza a padres, hijos, hermanos, amigos… que no pudieron mirar sus rostros ni despedirse.

El Señor resucita en cada uno de nosotros. Por eso con nuestro corazón y en nuestra mente celebramos la Pascua. Y lo hacemos con el recuerdo de todos y cada uno de los que perdimos.

Lo hacemos confiados en la persona de Jesucristo, que resucitado ha vencido a la muerte.

Las campanas suenan este Domingo para anunciar la resurrección y la esperanza.


Jesucristo ha resucitado, anuncia y realiza la victoria de la vida  sobre la muerte. Somos testigos de esta esperanza.

Índice

I. Que suenen las campanas a las 12 del mediodía

II. Desde el Vaticano

III. Pascua de Cristo y Pascua de la Iglesia

IV. Comentarios lecturas domingos de Pascua

¡Qué suenen las campanas!

Desde el Vaticano

Domingo, 12 de abril
11 horasSanta misa y bendición “Urbi et Orbi”.

Hoy resuena en todo el mundo el anuncio de la Iglesia: “¡Jesucristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!”.

Sábado, 11 de abril
21 horas: Vigilia Pascual en la Noche Santa.

La esperanza de Jesús es distinta, infunde en el corazón la certeza de que Dios conduce todo hacia el bien, porque incluso hace salir de la tumba la vida.

Pascua de Cristo y Pascua de la Iglesia

Por Luis García Gutiérrez,
Director del secretariado de la Comisión Episcopal para la Liturgia

En este tiempo irá desgranándose la inmensa riqueza que encierra la Pascua: pascua de Cristo, pascua de la Iglesia, pascua de la esperanza y pascua del Espíritu; este tiempo es el «gran domingo»

Comentarios lecturas domingos de Pascua

Calendario Litúrgico Pastoral 2019-2020

Domingo de Ramos

Nuestra fe en Cristo Resucitado nos viene a través de la Iglesia que a lo largo de los siglos nos transmite el testimonio de los apóstoles que vieron el sepulcro vacío y creyeron (Ev.), y comieron y bebieron con Él después de resucitar (1 lect.). El primer día de la semana es el día en que actuó el Señor (salmo resp.) resucitando de entre los muertos, y será ya para siempre el día del Señor, el domingo. En la segunda lectura san Pablo nos recuerda que hemos resucitado con Cristo, lo que ha ocurrido por la fe y el bautismo, y que, por ello, debemos buscar los bienes del cielo donde está Cristo, la Víctima propicia de la Pascua (cf. secuencia y aleluya).

Domingo II de Pascua o de la Divina Misericordia (19 de abril)

El domingo es el día en que san Juan tuvo la visión de Cristo que le encargó escribir el Apocalipsis (2 lect.). El octavo día, el domingo, es el día en que los cristianos reunidos nos encontramos con el Señor Resucitado a quien no vemos pero en quien creemos por la fe, como aquellos primeros cristianos que creyeron por el testimonio de los apóstoles y los signos que hacían (2 lect.). Así, se apareció a los apóstoles reunidos la tarde del día en que resucitó y a los ocho días se les apareció otra vez. Los envía por el mundo a llevar la salvación, como el Padre lo envió a él, y les da potestad para seguir haciendo presente la divina misericordia en el perdón de los pecados (Ev.).

Domingo III de Pascua (26 de abril)

El domingo, el primer día de la semana, es el día de nuestro encuentro con Cristo resucitado en la Eucaristía como aquellos dos discípulos de Emaús; pero no hubieran podido reconocerle en la “fracción del pan” si antes no le hubieran acogido como compañero de camino y no hubieran escuchado su Palabra (Ev.). Así, en la Misa nos acogemos mutuamente, escuchamos la Palabra de Dios y participamos en la comunión eucarística. Acogiendo a Cristo, con cuya Sangre hemos sido redimidos (2 lect.), él nos enseña el sendero de la vida y nos llena de gozo. Y no nos entregará a una muerte eterna sino que resucitaremos con él y nos saciará de alegría perpetua (1 lect. y salmo resp.).

Domingo IV de Pascua (3 de mayo)

Cristo es nuestro Pastor y nosotros somos su rebaño, llamados a participar en su admirable victoria sobre el pecado y la muerte (cf. oración colecta). A través del bautismo nos integramos en la Iglesia, su rebaño (1 lect.), y hemos vuelto al pastor y guardián de nuestras vidas (2 lect.). Por eso, podemos siempre cantar llenos de confianza en Cristo: «El Señor es mi pastor, nada me falta». Él nos da su gracia en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, cuya mesa abundante nos prepara cada domingo (salmo resp.). Y, entrando por Él, la Puerta de las ovejas (Ev.), nos salvaremos. Él, especialmente a través del ministerio sacerdotal y de los miembros de la vida consagrada, sigue haciendo que encontremos pastos abundantes.

Domingo V de Pascua (10 de mayo)

Las dos primeras lecturas nos ayudan a profundizar en el misterio de la Iglesia, templo del Espíritu Santo, cuya piedra angular es Cristo y nosotros las piedras vivas, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer a Dios sacrificios espirituales por medio de nuestra unión con Jesucristo (2 lect.). Y desde su comienzo esa Iglesia es ministerial, donde cada uno actúa según sus carismas al servicio del anuncio de la Palabra y en la práctica de la caridad y la misericordia. Así surgieron los primeros siete diáconos, ordenados por los apóstoles orando con la imposición de manos (1 lect.). En el Evangelio Jesús nos dice que Él se va al Padre y que volverá para llevarnos con Él, el camino y la verdad y la vida.

Domingo VI de Pascua (17 de mayo)
 

El Espíritu Santo que nos enviará Cristo Resucitado ocupa el centro de las lecturas de este domingo. Así, en la primera lectura vemos cómo la iniciación cristiana se completa con la imposición de manos de los apóstoles por la que reciben el Espíritu Santo los ya bautizados: el sacramento de la confirmación. En la segunda lectura se afirma que Cristo murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu. En el Evangelio, Cristo promete a los discípulos que pedirá al Padre que nos envíe otro Defensor, que esté siempre con nosotros, el Espíritu de la verdad. Él vive siempre con nosotros y está con nosotros que lo recibimos, porque gracias a la fe lo conocemos.

Domingo VII de Pascua. Solemnidad de la Ascensión del Señor (24 de mayo)
 

La Ascensión de Cristo es nuestra victoria, porque con Él, que es nuestra Cabeza, esperamos llegar al cielo como miembros de su Cuerpo (cf. oración colecta). Jesús Resucitado está sentado a la derecha del Padre y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin (1 y 2 lect.). Y mientras llega el día de su venida, la Iglesia tiene que cumplir su misión de evangelizar, bautizar y enseñar a guardar todo lo que nos ha mandado, sabiendo que Él estará con nosotros hasta el final de los tiempos (Ev.). Esto nos debe llenar de esperanza en medio de las dificultades que supone la evangelización.

Solemnidad de Pentecostés (31 de mayo)
 

Celebramos el nacimiento de la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios, el pueblo de la Alianza nueva y eterna, no escrita en tablas de piedra, sino en nuestros corazones por el Espíritu que hemos recibido. Un pueblo del que están llamados a formar parte gentes de todo pueblo, raza y nación, bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo (2 lect.). Un pueblo diverso pero con un lenguaje común, el del Espíritu Santo, el amor de Dios derramado en nosotros (1 lect.). Un Espíritu que procede del Padre y del Hijo y que fue dado por Cristo a los apóstoles para que perdonaran los pecados (Ev.).